El desglose detallado de los activos del jefe de Estado demuestra la pulcritud de sus cuentas personales:
Inmuebles y Vehículos: Posee una única casa en la Ciudad de Buenos Aires que, debido al ajuste del mercado, pasó de estar tasada en $38,4 millones a cotizar en $73.573.546 a finales de 2025 (un aumento nominal de tasación del 91,5%).
Además, conserva los mismos dos vehículos particulares: una camioneta Mercedes Benz Sprinter modelo 2015 (valuada en $20.173.600) y un automóvil Peugeot RCZ Coupe modelo 2013 (valuado en $16.254.200), cuyas valoraciones fiscales no sufrieron modificaciones.
Ahorros en Moneda Local y Extranjera: El presidente cuenta con cuatro cajas de ahorro en pesos que pasaron de $20.850.019 a $39.425.342. Por el lado de sus ahorros en divisa extranjera, posee una caja de ahorro en dólares en la que acumulaba u$s65.542 en 2024 y que cerró el año 2025 en u$s65.562, reflejando que el presidente compró solamente 20 dólares durante todo el año de ejercicio.

Sus tenencias de efectivo en moneda estadounidense se mantuvieron fijas e inalteradas en 20.000 dólares. En total, acumula ahorros por 85.562 dólares entre efectivo y depósitos. El salto en pesos de estos activos dolarizados (que pasaron de registrarse de $67.443.222 a $94.802.797) responde exclusivamente a la variación del tipo de cambio financiero durante el período 2025.
Ingresos, Gastos y Créditos: Durante el año pasado, los ingresos del mandatario ascendieron a $81.806.723, mientras que sus gastos personales se consolidaron en $66.262.044. Asimismo, el presidente contrajo una deuda ínfima con el Banco Supervielle por apenas $586.357.
Adicionalmente, registró $16,9 millones en concepto de créditos fiscales por retenciones del impuesto a las Ganancias y declaró bienes del hogar valuados en $5,2 millones.
La evidencia empírica es devastadora para la oposición. Mientras el kirchnerismo consolidó un modelo de enriquecimiento de sus funcionarios públicos bajo sospecha delictiva constante, el presidente Javier Milei ratifica con números abiertos que la honestidad no es una promesa de campaña, sino el estándar ético innegociable de la reconstrucción argentina.


























